Los trenes mágicos de India

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Ayer David y yo tuvimos una experiencia genial en un tren de camino a Bombay.

Nos acabábamos de montar y vimos venir a un hombre de unos 35 años, llorando y mendigando. Su estrategia para conseguir dinero es la de echarse a llorar. Vagón tras vagón llora y llora.

Pasó una primera vez y no le dijimos nada, pero David pensó que sería buena idea comprarle algo de comer. Al cabo de un rato nuestro amigo volvió, le invitamos a frutos secos y empezamos a hablar. Un poco más tarde le invitamos a sentarse con nosotros y como no le entendíamos pedimos traducción a nuestros compañeros de vagón.

Nos podíamos imaginar que la vida de este hombre no había sido nada fácil…y así era,  Patil (así se apellida nuestro protagonista) nos confesó que había perdido a toda su familia en un terremoto, y desde entonces se sentía solo en el mundo. Su vida se había roto, y ahora era adicto al alcohol y al tabaco…

Como en muchos casos como el de Patil, la peor pobreza no es la pobreza financiera, si no la pobreza de dignidad y de lazos sociales. Patil es un outcast, un marginado. Eso implica soledad, estigmatización y aislamiento.

Patil nos dijo que nunca nadie había pasado tanto tiempo escuchándole, que nunca nadie le había tratado así. Después de 2 horas de conversación traductor mediante, Patil lloró desde el corazón, mientras compartía con nosotros la historia de su vida. Cuándo se abrió, no sólo de abrió él, si no todos los que estábamos en el vagón. L@s compañer@s de viaje pasaron de juzgarle e ignorarle a saludarle y sonreírle. Le dijimos bastante cosas bonitas, entre ellas, que no estaba solo, que su familia era muy grande. 🙂

Al cabo de un rato, Patil entró en una vorágine altruista.. compartió los frutos secos con todos nuestros compañeros de viaje, nos ayudó a preparar nuestras mochilas, dijo palabras bonitas a todos los que estábamos allí y al final acabamos escuchando música y bailando juntos :).

No creo que la vida de Patil cambie drásticamente después de lo que paso, pero quizá si nos haya cambiado a nosotros o a nuestro compañero de viaje, Vaibhav, que tradujo las historias de Patil… ¡Quién sabe!

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