Dejar ir es diferente a abandonar

por Hermano David Steindl-Rast

 Ese gesto interno de dejar ir de un momento a otro es terriblemente difícil para nosotr@s; y puede ser aplicado a casi cualquier área de experiencia. Mencionemos el tiempo, por ejemplo: está el problema del “tiempo libre”, como lo llamamos, del ocio (la tranquilidad). Pensamos en el ocio como el privilegio de aquellos que pueden permitirse tomarse tiempo (¡Este discurso sin fin!)- cuando en realidad no es un privilegio en absoluto. El ocio es una virtud, y una que cualquiera puede adquirir. No se trata de tomar sino de dar tiempo. El ocio es la virtud de aquellos que dedican tiempo a lo que sea que lleve tiempo- le dan tanto tiempo como necesite. Esa es la razón por la que el ocio es prácticamente inaccesible para nosotros. Estamos tan preocupados con coger, con apropiarnos. Así que, hay más y más tiempo libre, y menos y menos ocio. En los siglos pasados cuando había mucho menos tiempo libre para todos, y las vacaciones, por ejemplo, era algo que no se había oído nunca, la gente disfrutaba del ocio (tranquilidad) mientras trabajaba: ahora trabajan duro para estar ociosos. Te encuentras con gente que trabaja de nueve a cinco con la actitud de: “Consigamos hacerlo, tomemos las riendas”, completamente orientados hacia un propósito, y cuando dan las cinco están exhaustos y no tienen tiempo para un ocio real. Si no trabajas con calma, no serás capaz de jugar con calma. Así que se derrumban, o como alternativa cogen la raqueta de tenis o los palos de golf y siguen trabajando, ejercitándose, como dicen ellos.

Nos podemos reír de ello, pero es algo profundo. Dejar ir es una muerte real, morir realmente; nos cuesta una enorme cantidad de energía, el precio, por así decirlo, que la vida nos exige, una y otra vez, por estar realmente vivos. Ya que esta parece una de las leyes básicas de la vida; sólo tenemos lo que dejamos. Todos hemos tenido la experiencia de un/a amig@ que admiraba algo que nosotros teníamos, y por un momento tuvimos el impulso de regalar esa posesión. Si seguimos ese impulso– y puede que se trate de algo que realmente nos guste, y nos duela por un momento—entonces tendremos esa cosa para siempre jamás; será realmente nuestra; en nuestra memoria es algo que tendremos y no podremos perder nunca.

Es tanto más con las relaciones personales. Si somos verdaderos amigos de alguien, tenemos que dejar a ese amigo todo el rato, tenemos que darle libertad- como una madre que deja a su hij@ continuamente. Si la madre se aferra a el hijo, lo primero de todo es que no nacerá; morirá en el útero. Pero incluso después de nacer físicamente hay que dejarlo libre y dejarlo ir una y otra vez. Tantas dificultades que tenemos con nuestras madres, y que las madres tienen con sus hijos, surgen precisamente de esto, que no dejan ir; y aparentemente es más difícil para una madre parir a un adolescente que a un bebé. Pero este dejar no se limita a las madres; todos nosotros deberíamos “ejercer de madre” unos con otros, tanto si somos hombres como si somos mujeres. Yo creo que ser madre es como morir, a este respecto; es algo que debemos hacer a lo largo de toda la vida. Y cuando dejamos a una persona, o una cosa, o una posición, cuando realmente la dejamos, morimos, sí, pero morimos para tener una mayor vitalidad. Morimos para ser realmente uno con la vida. No morir, no dejar, implica excluirse de ese fluir libre de la vida.

Pero dejar ir es muy diferente a abandonar; de hecho son diametralmente opuestos. Es un gesto de ascenso, no de descenso. Dejando ir al niño, la madre le sostiene y le respalda, como los amigos se tienen que apoyar unos a otros. No podemos abandonar las responsabilidades que nos han sido dadas, pero tenemos que estar dispuest@s a dejarlas ir, y este es el riesgo de vivir, el riesgo de dar y tomar. Implica un tremendo riesgo, porque cuando dejas ir, no sabes lo que va a pasar con la cosa o el niño. Si lo supieses, no sentirías esa punzada, pero no sería dejar ir de verdad. Cuando repartes responsabilidades, tienes que confiar. Esa confianza en la vida, esa fe, es el coraje de asumir el riesgo de vivir y morir—porque los dos son inseparables.

El hermano David Steindl Rast es un monje Benedictino. Puedes saber más sobre su vida en este perfil y en gratefulness.org . El extracto de arriba es de un ensayo publicado en 1977 en la revista Parabola.

Preguntas semilla para la reflexión: ¿Qué entiendes con el llamamiento del autor a que ‘ejerzamos de madre’ unos de los otros? ¿Puedes compartir una historia personal que ilustre que es dejar ir a alguien sin abandonarlo? ¿Qué práctica te ayuda a experimentar el ocio como una virtud en lugar de un privilegio?

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