Una última lección de fe de Raghubhai

De Siddharth Sthalekar

Solo han pasado un par de horas desde que escuché la noticia. Uno de mis amigos más queridos e inspiradores, alguien a quien la gente llamaba “Guerrero del Amor”, se nos fue la pasada noche en un accidente de carretera a las afueras de Ahmedabad. Raghu Makwana, o Raghu Palathi, como era conocido cariñosamente en sus comunidades, estaba conduciendo su motocicleta de tres ruedas a la casa de unos familiares cuando murió a la temprana edad de 29 años.

Para la mayoría de los que me conocéis o habéis estado asociados con éste blog la historia de Raghu os será familiar. Cuando cumplió un año desarrolló polio en ambas piernas y toda su vida ha caminado con sus manos apoyadas en el suelo.

Es difícil imaginar qué estado mental uno puede tener en esa situación. Podrías esperar resentimiento, negatividad o resignación. O quizá eso es lo que estamos condicionados a esperar.

No Raghu. Raghu era una anomalía. Una bandera que se sostuvo ante todos los vientos de las teorías de Maslow y conversaciones que dicen que necesitas “al menos esto” para tener una mentalidad abundante de “dar”.

Raghu era una anomalía porque vivió en algo que ninguna de esas teorías tiene en cuenta, un valor inextinguible, indefinible, y a veces irracional que llamamos fe.

A los 20 años, Raghu dejo su casa en el pueblo para vivir una vida de servicio a los demás. Solo tenía 300 rupias en su bolsillo pero un montón de fe. A través de varios encuentros causales, se encontró en el ecosistema del Gandhi ashram y finalmente sirviendo a mujeres y hogares en una comunidad Slum. Las historias de su vida y sus actos de generosidad son inagotables. Pero algunos de los momentos más transformadores con él vinieron a través de las conversaciones más pequeñas.

A veces, a lo largo de los últimos años ha habido momentos en los que he sentido escasez. Después de conversaciones con amigos y familia me preguntaba cómo iba a cuidar de mí mismo. Inevitablemente me cruzaba con Raghubhai en esos tiempos y me sentaba con él para conversar. Es difícil explicar que transpiraba en esas interacciones. Ahí estaba yo, con mi cuenta en el banco, mi capital intelectual, una estructura familiar que me ayudaba, y justo a mi lado había un hombre con capacidad física limitada, una cuenta bancaria que me duraría pocos días y casi sin apoyo familiar del que hablar. Aun así, sus radiantes ojos y sus dientes brillantes emitían las mejores intenciones que te puedas imaginar: “Hermano Siddharth, ¿cómo podemos servir más a nuestros amigos?”

A lo largo de los 3 años últimos años, hemos tenido varias aventuras de fe juntos. Algunos de mis amigos más cercanos han pasado horas conduciendo por los slums con él para conocer la “gasolina” que le mueve. Líderes de organizaciones, intelectuales, perros heridos en los arcenes de los slums, o niños que se mueven con entusiasmo en su asiento trasero. Todos han estado en uno de sus increíbles viajes. Él lo aceptaba todo mientras volaba por las carreteras de barro del slum Tekra. Sonrisas y saludos le animaban mientras su motocicleta retumbaba con la comida de las ancianas a las que servía.

A veces salíamos para hacer lo que yo llamaba mini-peregrinajes, paseos sin dinero y sin teléfono. Raghu iba con su triciclo y un instrumento musical en las manos, y yo a pie. A través de paseos como esos podías ver el ingrediente secreto de su vida. Agachado en el suelo, él siempre estaba en ventaja. Era casi como si fuera forzado a acercarse a cada persona y situación con humildad, y eso le permitía ver la divinidad en cada uno. Desde las personas que le ayudaban económicamente, hasta los niños a los que servía los domingos, cada uno era una manifestación de lo Divino, o “el de arriba”, o “Upar Wala” como decía él.

Una vez, mientras volvíamos de una de sus innumerables charlas, los dos estábamos hambrientos. Ya se había pasado la hora de comer y aún no sabíamos dónde íbamos a probar bocado ese día. Aparcamos enfrente del McDonalds en la carretera del ashram. Inmediatamente protesté, “Éste Arco Dorado representa todos los valores que no apruebo”. Pero no Raghu, él lo mira y dice inocentemente – “he oído hablar sobre éste Mc Donalds, comamos aquí”. Entro con Raghu por detrás andando sobre sus manos. Claramente eso no era lo que los trabajadores del Mc Donalds y los invitados estaban acostumbrados a ver, éramos una combinación única, Raghu y yo. Era una tarde entre semana así que pasamos la cola y conseguimos nuestra comida muy rápido. Mientras nos sentábamos en nuestra mesa mi mirada daba vueltas por el local; la atención de todos estaba en nosotros. Raghu estaba acostumbrado a recibir las miradas de la gente, a veces con pesar, preguntándose cómo podía vivir su vida. Pero él las sostuvo con gracia, casi diciendo: “Puedo ver porque estáis sufriendo cuando me miráis, pero honestamente, estoy bastante feliz”.

Gradualmente, uno de los comensales acumuló el coraje para acercarse. Mientras le veía venir, intenté hacerlo un poco más cómodo para él. Inmediatamente le presenté a Raghu y le comenté un poco acerca de su trabajo. Mientras la gente nos veía hablar, más comensales se unieron a nosotros. Lentamente, incluso el portero y dependientes del McDonalds se unieron a nuestro círculo. Se compartieron historias sobre Raghu en los slums, las mujeres a las que servía y las casas a las que ofrecía plantas Tulsi. Sobre cómo vivía en el espíritu de servir,  y sobre como su “upar wala” siempre cuidaba de él.

Di un paso atrás para observar la situación, estaba impresionado. Estábamos ahí, ¡en un Mc Donalds! Y Raghu lo había transformado en una especie de templo. Alrededor podías ver gente inspirada por la manera en la que vivió su vida. Ese era el verdadero trabajo de Raghubhai. No era solo acerca de las comidas que ofrecía a las mujeres ancianas en la comunidad, o sobre las cientos de plantas Tulsi que ofrecía a hogares en el slum, se extendía a miles de personas que habían sido tocadas por su espíritu. Según van llegando los emails y entradas de facebook empiezas a tener una visión de cual era verdaderamente su impacto.

Mientras escribo esto, todavía tengo problemas para aceptar su partida. Me doy cuenta de que mi mente se desliza sin remedio hacía la cuestión más obvia – ¿Por qué le ocurren cosas malas a la gente buena?” o ¿Por qué un alma que ha dedicado tanto de su vida a aliviar el sufrimiento de otros se tiene que ir así?, o “¿Por qué tenía que conducir su motocicleta en la autovía ese día en particular?”

Me veo a mi mismo en un torbellino de confusión mientras empiezo a imaginarme un mundo hostil que está ahí fuera, preparado para tragarnos.

Inmediatamente, oigo la voz de Raghu desde dentro, sus ojos brillando luminosos mientras dice con una sonrisa. “No puedes tener todas las respuestas Siddharthbhai. Solamente tenemos que tener  fe en  que “Upar Wala” tiene algo maravilloso reservado para nosotros. Nosotros solo tenemos que seguir jugando nuestra parte en esta fase que llamamos Vida.”

TEXTO ORIGINAL: http://www.movedbylove.org/blog/view.php?id=269

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