El poder de un lápiz desechado

pencil

ORIGINAL IN ENGLISH 

De Nipun Mehta

Trabajaba de conserje en una escuela en India. Su marido murió poco después de la boda, no tenía familia en la zona y lidiaba con la responsabilidad de criar a sus hijos. Durante los últimos 20 años siguió barriendo clases en escuelas locales.

Sin embargo, un día tuvo una idea radical: quería dar. Y tras esta idea vino un pensamiento razonable y perturbador: pero, ¿qué puedo dar?

Cuando se lo contó a un amigo, él le contó la siguiente historia. “Gandhi solía escribir muchas cartas. Un día, Kakasaheb Kalelkar, un famoso escritor indio, le vio escribiendo con un lápiz diminuto e inmediatamente le ofreció de su bolsillo a Gandhi un lápiz más largo. Gandhi respondió educadamente que él no lo necesitaba. Al día siguiente, vio a Gandhi poniendo todo patas arriba para encontrar su lápiz y Kakasaheb nuevamente le ofreció un lápiz diciendo: ‘Tu lápiz era muy pequeño.’ Gandhi suavemente contestó ‘Pero un niño me había dado ese lápiz.’ Y continuó con la búsqueda de aquel pequeño lápiz.”

Tras compartir esta historia le dijo a la conserje: “Barres las escuelas cada día. Y seguro que ves todo tipo de lápices pequeños que los niños tiran. ¿Por qué no los recoges y yo se los doy a niños pequeños que no pueden permitirse pagar unos lápices y les enseño a escribir y dibujar?” Le gustó la idea. Además de lápices, recogió incluso gomas de borrar, sacapuntas y algunas rarezas diversas. Y siempre, muy a menudo, cuando la bolsa se llenaba, se lo daba a su amigo para que se lo diera a los necesitados.

Ese era su ritual.

Cuando supo que estaba en la ciudad (soy un buen amigo de sus hijos), insistió en invitarme a comer. Debido a que mi apretada agenda no me permitía quedar para comer, le dije que seguro que me acercaba a picar algo. Así que un día fui a desayunar con el amigo que le contó la historia de Gandhi. Había cocinado un sencillo festín de amor, ¡cómo lo disfrutamos! Le dimos un chal, explicándole que alguien nos lo había regalado la noche anterior y que no lo podíamos usar. Y, mientras nos íbamos, nos trajo una pesada bolsa de plástico rosa casi a punto de romperse.

Confundido, abrí la bolsa de plástico y vi aquellos pequeños lápices, gomas de borrar y sacapuntas.

Guau.

Es difícil no emocionarse en presencia de algo tan valioso. En la hora siguiente, me tenía que reunir con unas doscientas personas y les conté la historia de una mujer barrendera. Al abrir aquella bolsa de plástico rosa y coger un puñado de aquellos pequeños lápices y gomas de borrar, fue difícil incluso para un maestro de ceremonias aguantarse las lágrimas. Saqué la bolsa para que la gente aprendiese la lección de la barrendera: no importa lo que das, sino la cantidad de amor que pones en esa entrega. Todo, incluida la bolsa de plástico rota, desapareció antes de que pudiese echar un segundo vistazo.

El ofrecimiento humilde tiene un poder incuestionable que sencillamente no puede comprarse. Lo noté, todos lo notamos.

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