La inocencia de un niño, recuperada

Del usuario Blissfarmantique en Kindspring.org, 23 de enero de 2015

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Estaba en medio de una larga cola en una cafetería. Delante de mí esperaban una mama y su inquieto y claramente aburrido hijo.

Parecía tener entre seis y siete años de edad. Un coche de policía pasó cerca de la cafetería y de repente el niño despertó. “Mama, mama”, dijo con entusiasmo. “¡Es la policía, será mejor que salgamos afuera, posiblemente estén buscándonos!” La mama se quedó helada, su cara roja, mientras explicaba a la larga cola de personas que esperaban una taza caliente de café: “Anoche robaron la bici de mi hijo. Alguien la cogió del porche delantero, cortó el candado y se la llevó. Cuándo nos dimos cuenta de que la habían robado llamamos a la policía. El niño ayudó describiendo cómo era la bicicleta mientras el policía escribía el informe. Ahora piensa que todos los policías de la ciudad están buscando su bicicleta.”

Todos en la cola soltaron una risita ante la inocencia del pequeño que pensaba que la policía no tenía nada mejor que hacer que encontrar su bicicleta robada. Conseguí mi café, me senté un rato, lo bebí en pequeños sorbos y me puse a leer el periódico. La mama y el niño compraron algo y salieron de la cafetería. Yo miraba desde mi mesa mientras ellos caminaban calle abajo. Por alguna razón no podía quitarme de la cabeza a ese niño y su inocencia. Pensé que quizá ésta podría ser su primera experiencia de aprendizaje vital: hay “gente mala” en el mundo y los policías nunca encontraran su bicicleta.

Recordé mi propia infancia, que no fue feliz, y rememoré cómo me sentí al ser un niño cuya inocencia fue traicionada.

Acabé mi café y salté a mi camioneta. Conduje hasta una tienda local y compré una bici. ¡Me lo pasé bomba mientras elegía todos los silbatos y cláxones que una bici pudiera tener! Un casco, una campana, un botellín de agua, banderines… todo lo que imaginas. Si podía ser enganchado a una bicicleta lo añadí (incluyendo un grande y bonito candado). El hombre en la tienda acordó que lo montaría todo y cuándo estuviera junto lo pondría en el maletero de mi camioneta.

No sabía dónde vivía el niño, pero sabía que debía vivir cerca de la cafetería. Recorrí las calles alrededor de la cafetería y no mucho tiempo después les vi. Andando mano a mano, paseando calle abajo. Coloqué mi camioneta a un lado de la calle, me bajé y dije “¿Eres tú el joven hombre cuya bici ha sido robada?” El niño miró a su madre, después me miró y dijo: “Sí”. Me agaché para ponerme a su altura, le miré a los ojos y le dije, “A veces pasan cosas malas. Así es la vida. Pero quiero que sepas que a veces también pasan cosas buenas.”

Me incorporé, saque la bici del maletero de la camioneta y la dejé enfrente de él. “Cuida bien de tu nueva bicicleta, quizá puedas guardarla dentro de casa por la noche”. Mientras me iba con el coche podía ver a la mama y al niño mirándose mutuamente sin poder creérselo. Tenía una sonrisa de oreja a oreja en su cara. La historia no acaba ahí. Muchas semanas después, estaba una vez más sentada en aquella cafetería. ¡De repente entraron la mama y su hijo! Él vino corriendo hacia mí y me dijo “¡He estado buscándote!”.

Me dio una carta escrita a mano de una manera encantadora que solo un niño de 6 o 7 años podría crear, y también un regalo. Había decorado un jarrón de barro con todo tipo de piezas de colores, pedacitos, y pegotes de cola. Era perfecto.

Historia original en:

http://www.kindspring.org/story/view.php?sid=75088#sthash.HeHLa2e4.dpuf

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